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Bilingüe
No sé para qué existen los curriculums. Vale, ya sé que son para entregarlos a las empresas cuando buscas trabajo, pero es que de verdad creo que nadie los lee.
Entonces, ¿para qué sirven?
La semana pasada me llamaron de una súper empresa, una de esas que ni siquiera sueñas con que algún día pueda marcar tu número. Total, que quedé en ir a verles.Compré un billete de bus que me costó 60 euros, crucé el país en un autobús que olía a pies y pagué un taxi porque los mapas de Google y de páginas amarillas no se ponían bien de acuerdo con la dirección. Cuando llegué me senté frente al señor entrevistador que, sin previo aviso, empezó a hablar en inglés. Cuando conseguí reaccionar me di cuenta de que el señor me estaba mirando raro. “¿Es que no eres bilingüe?, lo siento, esta oferta de trabajo es sólo para bilingües”, me dijo sonriendo.Me levanté, me despedí y me fui.Al llegar a casa después de cinco horas de autobús miré mi curriculum. “Nivel medio-bajo”, eso es lo que ponía.
Creo que voy a escribirles para que me devuelvan el dinero del bus.
A Milán con Pepecar

Ayer conocí al tío de Pepecar. Al principio pensé que era el del anuncio del 11811 pero luego salí del error.
Qué pasada, ¿cómo se puede parecer tanto? Pobre...
La cosa es que Pepe y su amigo el rabino me dijeron que les mandara mi curriculum para trabajar con ellos en Milán. Y yo me pregunto, ¿por qué me quiere siempre la gente más rara?, ¿es que no había nadie más en los Malofiej que me pudiera ofrecer prácticas? Bueno sí, el de La Razón. ¡Uf!
Pues nada, habrá que seguir buscando porque por mucho Milán que sea y aunque Marcelo diga que es buen sitio no me fio de los dos chungos.
Qué asco esto de tener que trabajar.
De viaje

En Colonia me compré colonia. Y en Amsterdam un Happy meal. Ahí fallé, tendría que haberme comprado unos zuecos, unos tulipanes, un diamante o una prostituta pero tenía hambre y sólo pensé en comer.
McDonals, por mucho que diga la gente, es maravilloso. En McDonalds no hay países. En cualquier parte del mundo tengo esa cajita maravillosa llena de comida y regalos.
Pues eso, que estuve en Alemania y conocí a los renanos, luego bajé el Rhin en un barco acompañada de una guía venezolana que odiaba a los alemanes aunque vivía en su país, subí hasta Amsterdam para ver casas torcidas por el agua y volví a Colonia para despedirme de la catedral. ¡Qué catedral!, impresionante. Había una vidriera pixelada.
Por cierto, en Alemania los teléfonos son rosas.
